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Hollywood Babilonia, la crónica negra del falso Hollywood (II)

viernes, 20 de marzo de 2009



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La cuestión es que este fraude con visos claros de intencionalidad no fue derrumbado hasta mucho después de que su popularidad alcanzase cotas de presunta veracidad. Para cuando los críticos y la gente de Hollywood quisieron desmentir las falacias de Anger, la mayor parte de las historietas vertidas por él ya se habían convertido en leyendas urbanas socialmente aceptadas. ¿Qué cinéfilo no ha leído alguna vez sobre el caso de Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, el orondo cómico de la época silente que drogó y violó a una inocente y virginal aspirante a estrella con una botella de champagne (o con su descomunal pene, según otras versiones) en una fiesta de fin de rodaje, para posteriormente dejarla abandonada a su suerte en la calle (otros dicen que en un hospital, previo pago de soborno a sus empleados), donde murió desangrada? Falso. Decenas de testigos de dicha fiesta atestiguaron en su día que no hubo violación, ni siquiera sexo, y que la chica (que tenía ya treinta años y era prostituta ocasional) abandonó la fiesta ilesa y por su propio pie. La causa de su muerte fueron las heridas internas causadas por uno de los muchos abortos clandestinos que había sufrido. Los tribunales absolvieron a Fatty e incluso se disculparon ante él. Pero claro, la desgracia de una mujer de la calle no tiene tanto gancho como el crimen encubierto de una estrella de Hollywood. Por eso la leyenda ha pasado al imaginario colectivo y la verdad ha caído en el olvido.

Y así pasa con tantas otras historias del libro: el gusto de Charles Chaplin por las menores de edad, el envenenamiento de Rodolfo Valentino, la afición de Clara Bow por beneficiarse de un tirón al equipo entero de fútbol americano de la Universidad de California (con un joven John Wayne en sus filas), las lociones de semen rejuvenecedor de Mae West y un largo etcétera. También, por supuesto, las mil y una historias sobre los ilustres y desquiciados miembros de la Iglesia de Satán, liderada –oh, casualidad- por un buen amigo de Anger: Anton LaVey, alumno aventajado del ocultista Aleister Crowley y una de esas figuras que alcanzaron una extraña popularidad en el apogeo del movimiento hippie, donde tarados de todo tipo podían hacerse un hueco entre millones de jóvenes influenciables y bastante drogados que buscaban un guía político o espiritual. Véase por ejemplo el célebre caso de Charles Manson, que además en su día fue uno de los discípulos de LaVey antes de separarse de su grupo y organizar su propio harén de concubinas dispuestas a montar un festival de sangre en casa de Roman Polanski.

En resumen, la historia de este libro clama a los cuatro vientos “Esto es Hollywood, amigos: un mundo de sodomitas, fanáticos, drogatas, pervertidos, delincuentes y gente de baja calaña envuelta en el brillo engañoso de las candilejas”. No es extraño pues que la obra se haya convertido en todo un icono pop. Y es que, ¿a quién no le gusta regodearse en las miserias de los ricos y famosos? Al fin y al cabo, una de las aficiones preferidas del populacho es la de elevar a cualquier hombre a los altares de la celebridad para luego divertirse destrozándolo sin compasión. Esa es la sustancia con la que se forjan los mitos, nuestro compulsivo amor y desprecio por lo que está fuera de nuestro alcance. Somos seres rastreros, mezquinos y banales, fascinados por la maldad y la corrupción, y los personajes del libro no son más que proyecciones amplificadas de nuestra propia podredumbre. Anger fue muy consciente de ello. Y vaya si lo supo explotar.
Por: Pepe Hernández

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Hollywood Babilonia, la crónica negra del falso Hollywood (I)

martes, 17 de marzo de 2009

A finales de los años 60 (no existe constancia del año exacto), un libro causó revuelo y estupor entre los habitantes de la llamada “ciudad de los sueños”. En sus páginas se desgranaban los más turbios escándalos de las estrellas de Hollywood, desde los años del cine mudo hasta aquel momento, con historias plagadas de detalles escabrosos e incluso fotografías explícitas. Se trataba de Hollywood Babilonia, una obra escrita por el polémico Kenneth Anger.

Anger fue un actor infantil de películas de medio pelo que, ya de adulto, se reinventó con éxito como cineasta experimental. Sus cortometrajes causaron un gran impacto artístico, sobre todo en la escena cultural europea, por su ruptura estética y su abundante imaginería provocativa, que jugaba con los tabúes de la época. Son frecuentes en ellos las escenas de homosexualidad implícita o explícita, los símbolos sadomasoquistas o satánicos y los detalles de indudable carácter fetichista. En medio de todo este delirio kitsch y subversivo también hay sitio para otra obsesión: el glamour del Hollywood clásico. Su obra funciona a modo de homenaje hacia este mito y al mismo tiempo como perversión de sus tópicos. Por eso no es de extrañar que emplease su talento para diseccionar el mundillo del celuloide desde la página impresa con el mismo descaro que mostró en la pantalla.

Hollywood Babilonia es la crónica del exceso, no sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. En sus páginas se despliegan historias de perversiones sexuales, suicidios, drogadicciones, crímenes, obsesiones inconfesables, cultos prohibidos… En fin, un catálogo de lindezas que hacen que la meca del cine parezca poco menos que la reencarnación de Sodoma y Gomorra. Y para darle un grado extra de depravación, el estilo de Anger se recrea en el detalle truculento, en el relato efectista, en el morbo gratuito, incluyendo además imágenes tan escabrosas como la del coche destrozado donde Jayne Mansfield (no) fue decapitada por culpa –dicen- de un maleficio satánico, la de Lupe Vélez amortajada en su ataúd o la del cuerpo sin vida de Carole Landis tal y como fue encontrado por la policía tras suicidarse. Podría calificarse al libro como el antecedente directo de esa vomitiva rama de la prensa rosa encarnada por el difunto Aquí Hay Tomate. Si no fuese, claro, porque el libro es condenadamente entretenido de leer y está escrito por alguien con talento.

Lo mejor de todo, sin embargo, es que la mayor parte de lo que cuenta este libro es falso. Historias deformadas hasta el límite para exacerbar sus componentes más inmorales, datos falseados o erróneos, invenciones descaradas, rumores extravagantes dados por ciertos… Sería un ejemplo del anti-periodismo si no fuese porque la intención de Anger no parece ser tanto la de ser fiel a la realidad como la de pervertir, como ya hiciese en celuloide, la imagen idílica y naive que el pueblo tenía por entonces de las estrellas. Sus artes para conseguirlo son la difamación más atrevida, el escándalo autoconsciente, el choque con lo socialmente aceptable, el hurgar en los armarios para extraer los esqueletos más podridos del star-system… y si no existen, inventarlos. Derrumbar esa fachada de falsedad límpida e incorrupta a golpe de falsedad sucia, obscena, pútrida. Como diría un gafapasta, deconstruir el mito de las estrellas perfectas y convertirlas en seres humanos cuya imagen divina oculta los placeres más inmundos. (... ... ...)

Por: José Hernández

Segunda parte

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The Reader: el orgullo de los ignorantes

viernes, 6 de marzo de 2009


Hace poco se estrenó en España una película que merece la pena reseñar en este blog, en tanto que la literatura forma parte fundamental de su trama: The Reader (El Lector), de Stephen Daldry, una película que ha conseguido mayor notoriedad de la que seguramente merecería gracias a su nominación al Oscar por obra y gracia de las artes oscuras de su productor, Harvey Weinstein. Pero eso, como su calidad puramente cinematográfica, no es lo que nos interesa analizar aquí.

La película cuenta la historia de Michael Berg, un adolescente alemán de familia acomodada que, a finales de los años 50, comienza una tortuosa relación sentimental con una mujer mucho mayor que él, una revisora de tranvía llamada Hanna Schmitz. Dicha relación está basada en dos cosas: el sexo y la lectura, ya que el mayor placer de Hanna es que Michael le lea en voz alta los libros que estudia en el instituto. Pero Hanna guarda un secreto que sólo sale a la luz años después de que pierdan el contacto: durante la Segunda Guerra Mundial fue una de las guardianas de Auschwitz. Y a partir de aquí el artículo va a destripar algunas cosas fundamentales del film, así que dejad de leer si os interesa ver la película con ojos prístinos.

El filme está basado en un libro escrito por el alemán Bernhard Schlink, encuadrado dentro de una reciente corriente de la literatura germana que busca reinterpretar las claves sociológicas que rodearon el periodo de dominio del partido nazi en dicho país desde un punto de vista más “objetivo”. Entiéndase este término como un alejamiento consciente por parte de los autores de esa regla no escrita por la cual un nazi debe ser siempre despiadado, frío, inhumano, cruel y en general no poseer atributo positivo alguno, no vaya a ser que el lector crea que los nazis en realidad no eran tan malos. Por supuesto, se camina por una línea muy estrecha y peligrosa: al intentar crear personajes psicológicamente complejos y buscar las motivaciones que pudieron empujar a un país entero a cometer tales atrocidades, se puede terminar justificando o disculpando sus actos. Se trata de una corriente polémica que ha levantado muchas suspicacias y quejas, sobre todo entre la comunidad judía, que la ven como una forma de revisionismo ofensiva para la memoria de las víctimas.

Pero aparte de eso, la película (y, presumiblemente, el libro) plantea otro tema hasta cierto punto enlazado con esta revisión moral del nazismo: la lectura como parte fundamental en el desarrollo humano. Digo hasta cierto punto porque la película se divide en tres actos: el romance entre los protagonistas, el juicio de Hanna y su estancia en la cárcel. Y si bien los dos primeros están bien construidos alrededor de lo que quieren transmitir, el tercero fracasa estrepitosamente en enlazar los temas de ambos tramos en un conjunto significativo. En lugar de aportar una ligazón a los distintos mensajes y matizar los conflictos personales, la historia desvaría en una trama sin interés ni fuste alguno, que busca completar el arco de los personajes de forma torpe y rebuscada, cayendo en el maniqueísmo y rebasando la línea antes mencionada. ... ... ...

Lo que en realidad debería haber hecho la película es profundizar en el orgullo de Hanna, una mujer cuya mayor vergüenza en la vida no es paradójicamente la de haber mandado a la muerte a cientos de inocentes, sino su analfabetismo. Un orgullo entroncado con la naturaleza de la nación alemana en los años del ascenso del nacionalsocialismo. Si algo queda claro al revisar los discursos de Hitler es su apelación al orgullo de la patria, a sentir en las carnes que se forma parte de algo excepcional y elevado, superior a cualquier otra nación o etnia. De ahí derivó su perorata antisemita y criminal, pero en el fondo se trata de una cuestión de vanidad. Por eso la Hanna ignorante, que ni siquiera ha recibido una educación, se siente una ciudadana indigna. Por eso lucha con todas sus fuerzas para que nadie se entere de su secreto y mantiene ese estigma durante toda su vida. Porque también hay que entender que estamos hablando de educación, ese proceso por el cual no sólo adquirimos conocimientos, sino que nuestra mente se desarrolla para poder pensar por nosotros mismos, realizar juicios complejos y ser capaz de argumentar moral e intelectualmente. Toda esa falta de formación, cuyo instrumento fundamental es la lectura (digámoslo claro, el producto puramente humano más importante de la historia), es lo que hace de Hanna una persona simple que toma decisiones basadas en órdenes directas, impulsos carnales y emociones sencillas. Es una persona fácil de adoctrinar en tanto que no tiene la capacidad para cuestionar los preceptos morales que se le inculcan, ni siquiera para comprender todas sus implicaciones o para convertirlos en una forma de vida. Simplemente se deja llevar.

¿Fue eso lo que pasó con los alemanes? Con algunos sí, pero obviamente no con todos. La película falla al no dejar claro este matiz, pero qué se le va a hacer. También podría haber profundizado en estas cuestiones sociológicas, o haber enlazado de forma más sólida la ignorancia intelectual de Hanna con la ignorancia sentimental de Michael, igualmente dañina para su vida futura. No lo hace por culpa de ese mediocre tercer acto.
Lo que sí hace es dejar claro que esta ignorancia no implica falta de inquietud. Hanna se deleita oyendo a Michael leer libros como La Odisea o El Amante de Lady Chatterley. Su pasión por alcanzar ese desarrollo que una vida de miseria le ha robado está ahí. Podría decirse que en ella, un ser primario y sin aspiraciones, la educación se descubre como algo inherente al hombre. El ansia de conocimientos, la búsqueda de la evolución personal, la necesidad de aprender o de ejercitar la sensibilidad más abstracta, si todo eso forma parte de alguien como Hanna también forma parte de todos nosotros. Podemos encontrar cura para esta picazón en los libros, nuestros buenos amigos. Sólo gracias a ellos podemos evitar que esa historia se repita, y más en estos tiempos de propaganda omnipresente, porque ellos nos ayudan a desarrollar la cualidad más importante en un ser humano: pensar por sí mismo.

Por: Pepe Hernández

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Walden Dos: El científico que (no) quiso ser escritor

lunes, 16 de febrero de 2009

Hay dos formas de enfrentarse a “Walden Dos”, única novela escrita por el pope del Conductismo, B.F. Skinner. La primera consiste en verla como un tratado teórico más. La segunda, aproximarse a ella desde la perspectiva de la (ciencia) ficción. En ambos casos, pese a la fama adquirida en los años de las comunas hippies, la obra fracasa estrepitosamente.

Mucho se podría escribir sobre sus ideas. Y mucho se ha escrito, casi todo negativo. Por eso no es necesario profundizar mucho en ello en este artículo: baste decir que se trata de un ejercicio de onanismo con ínfulas científicas. Desde el momento en que la mayor parte de sus postulados justifican su veracidad mediante un bucle retroalimentado (lo que ven funciona en base a unos principios que se pueden demostrar mediante lo que ven), la obra carece de cualquier valor fuera del papel impreso. Y aun si aceptamos que sea ficción, y por tanto no necesite basarse firmemente en el mundo real, eso no justifica las incoherencias continuas en su forma de plantear el problema de la individualidad humana: a veces la afirma, a veces la niega, según le convenga en cada caso. Especialmente vergonzosa es su forma de apoyarse en la genética como base del comportamiento humano, mientras ignora cualquier influencia de la misma en el desarrollo diferencial de los niños.

Más interesante resulta analizar la novela desde el punto de vista narrativo. Como novela, “Walden Dos” es extremadamente pobre. Sus personajes son tan funcionales que se ven desprovistos de cualquier asomo de complejidad humana o vital, y su argumento es una mera excusa para presentar los contenidos teóricos del autor de la manera más simplona posible, a saber: un grupo de profesores y estudiantes visita un lugar llamado Walden Dos, en donde un antiguo profesor llamado Frazier ha establecido una comuna experimental siguiendo los dictados del Conductismo. Y ya está. El libro es esa visita, es decir, 300 páginas de Frazier guiando a los visitantes a través de los distintos experimentos que hacen funcionar la comunidad. Y al más puro estilo de los diálogos de Platón, los visitantes sólo le hacen a Frazier las preguntas que más le convienen para desarrollar su discurso. Críticas obvias y fallos flagrantes de lógica se ignoran en favor de otras cuestiones más anecdóticas o enrevesadas que permiten un mayor lucimiento del personaje omnisapiente que dirige el lugar, o que simplemente buscan mostrar la irracionalidad de los visitantes que actúan de némesis de su filosofía.

Con esta demostración de desinterés por los mecanismos de la ficción literaria, Skinner se convierte en el paradigma de algo que todos conocemos: el teórico que sabe mucho pero no tiene ni idea de cómo transmitir sus conocimientos. Seguro que a más de un estudiante le suena, porque todos hemos tenido profesores así. Skinner era capaz de defenderse en el terreno de los escritos teóricos, donde podía dar rienda suelta a su perorata y apoyarse en sus experimentos. Pero a nivel de ficción, su incapacidad para reflejar al ser humano o para encontrar una conexión emocional o intelectual entre historia y contenido dejan al descubierto las carencias de sus ideas especulativas. De hecho, aun si éstas fuesen realmente sólidas, su inutilidad para dotar de humanidad al relato bastaría para convertirlas en un coitus interruptus.
Por: Pepe Hernández

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La realidad de la ficción

viernes, 30 de enero de 2009

Dice el uruguayo Eduardo Galeano que la memoria “es la única inmortalidad digna de fe”. No merece la pena creer en paraísos de nubes bucólicas, pues tan probable o más es que tras la muerte sólo se halle el vacío. Pero hay otra forma más inequívoca de trascender: a través de los recuerdos. Todos dejamos nuestra huella en el mundo, sea en la gente que hemos conocido, en las personas cuya vida ha sido influida por nuestros actos, o simplemente en aquellos a quien nuestro trabajo ha tocado, aun ligeramente. ¿Qué ocurre, pues, si tu trabajo es escribir?

Es indudable que la literatura forma parte de nuestras vidas. Nuestro desarrollo intelectual y emocional está estrechamente ligado, entre otras cosas, a nuestro consumo de las más diversas formas de arte. Raro es hoy en día quien nunca ha leído un libro, sea o no de ficción. Y de cada libro leído, independientemente de su calidad, guardamos un recuerdo. Tal vez el tiempo transcurrido haya enturbiado esa memoria, o más bien la haya enterrado bajo capas de información más útil y actual, pero la propia naturaleza de la lectura asegura que los contenidos leídos hayan sido en buena parte absorbidos y asentados en los recovecos de nuestro cerebro.

Así pues, cuando leemos un relato estamos hasta cierto punto asimilando esa historia al resto de vivencias que nos han sucedido a lo largo de nuestra vida. Pues el acto de leer no es sino otra acción de las tantas que emprendemos, y lo que leemos es el resultado de esa acción. ¿No adquiere entonces la prosa ficticia, inerte, inmutable, una cualidad vital en el acto de darle aliento con nuestra lectura? Mediante la lectura de una historia estamos convirtiendo a sus personajes en seres vivientes. En un sentido puramente abstracto, pero tan real como los inmateriales pensamientos que en todo momento pueblan nuestras cabezas. Y si los personajes existen en ese plano metafísico, también sus aventuras (o desventuras).

Esta idea está llevada al límite de sus implicaciones en “Expiación”, de Ian McEwan. Sin especificar mucho, para no reventar el final, el libro (y correspondiente película) plantea la posibilidad de ofrecer una segunda oportunidad a través de las páginas de un libro. Retomar una historia real, físicamente hablando, y cambiar su final sobre el papel para ofrecer a sus protagonistas la vida que en el mundo tangible no pudieron tener. Y esto claro está no sería posible si no existiésemos nosotros, los lectores, que con nuestra implicación e imaginación damos cuerpo y sustancia (¿ectoplásmica?) a lo que la página dibuja en trazos de imprenta.
Y esto quiere decir que el escritor tiene una gran responsabilidad. Pues de su mano no sólo depende su propia inmortalidad, sino la de sus creaciones. Aunque ésta se alcance en lugares tan inestables y cambiantes como las mentes humanas, en vez de entre ángeles que tocan el arpa.
Por: Pepe Hernández

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Californication, o el bloqueo del escritor

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Californication es una de las series más comentadas del último año. Normalmente suelen salir a colación dos aspectos de la misma: las escenas de sexo o la carismática interpretación de David Duchovny. Pero lo que suele soslayarse a favor de lo más “impactante” es el verdadero argumento de fondo de la serie: la pérdida de la inspiración.

Hank Moody (David Duchovny) es un escritor que atraviesa una crisis personal y profesional derivada de haber perdido a la única mujer que ha querido en su vida. Para Moody su esposa no sólo era la persona que definía su vida mundana, también era su musa. Ella era el motor que le impulsaba a escribir, que le daba ideas, que le motivaba a explorar los entresijos del alma humana. Sin ella, el escritor se encuentra indefenso ante la maldición de la página en blanco. Nada tiene que decirle a la pantalla de su ordenador. Y cuando acepta reluctante algún trabajo alimenticio, lo hace sin la pasión y la entrega necesaria para alcanzar sus propios estándares de calidad. Lo que escribe es tóxico, porque le falta su catalizador.

Durante la primera (y por el momento) única temporada de Californication, el personaje de Duchovny lucha por llenar ese vacío. Notoriamente lo hace mediante el sexo y los ligues casuales, que intentan arrojar algún sentido (carnal, sudoroso, erógeno) al hueco que han dejado sus sentimientos. No es el mismo tipo de pasión, y finalmente se revela inane para sus propósitos, pero al menos sirve para maquillar el hastío y la desesperanza cotidianas. Y sin embargo, ahí permanece ese folio sin caracteres acusándole de sus errores pasados y declarando su falta de ingenio presente. Y por eso, pese a la futilidad aparente de sus intentos (demasiado poco, demasiado tarde), se esfuerza también por recuperar a la mujer que lo supone todo para él.

Puede parecer una lucha egoísta y superficial. Pero para un escritor, para alguien que vive para escribir, su obra es algo indisoluble de sí mismo. Recuperar la inspiración es volver a sentir que la vida tiene algo que ofrecer, y que uno puede darle a cambio. La musa particular de cada uno puede adoptar muchas formas: una persona, un suceso, un deseo, un objeto, una ideología… A veces, pero no con mucha frecuencia, puede ser más de una cosa. Pero siempre, siempre hay algo que impulsa al escritor a plasmar sus ideas sobre el papel o el teclado. Incluso a los aficionados, como los visitantes de este blog. Y es que si no hay nada ahí dentro, ¿para qué escribir?
Por: Pepe Hernández

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