The Reader: el orgullo de los ignorantes

viernes, 6 de marzo de 2009


Hace poco se estrenó en España una película que merece la pena reseñar en este blog, en tanto que la literatura forma parte fundamental de su trama: The Reader (El Lector), de Stephen Daldry, una película que ha conseguido mayor notoriedad de la que seguramente merecería gracias a su nominación al Oscar por obra y gracia de las artes oscuras de su productor, Harvey Weinstein. Pero eso, como su calidad puramente cinematográfica, no es lo que nos interesa analizar aquí.

La película cuenta la historia de Michael Berg, un adolescente alemán de familia acomodada que, a finales de los años 50, comienza una tortuosa relación sentimental con una mujer mucho mayor que él, una revisora de tranvía llamada Hanna Schmitz. Dicha relación está basada en dos cosas: el sexo y la lectura, ya que el mayor placer de Hanna es que Michael le lea en voz alta los libros que estudia en el instituto. Pero Hanna guarda un secreto que sólo sale a la luz años después de que pierdan el contacto: durante la Segunda Guerra Mundial fue una de las guardianas de Auschwitz. Y a partir de aquí el artículo va a destripar algunas cosas fundamentales del film, así que dejad de leer si os interesa ver la película con ojos prístinos.

El filme está basado en un libro escrito por el alemán Bernhard Schlink, encuadrado dentro de una reciente corriente de la literatura germana que busca reinterpretar las claves sociológicas que rodearon el periodo de dominio del partido nazi en dicho país desde un punto de vista más “objetivo”. Entiéndase este término como un alejamiento consciente por parte de los autores de esa regla no escrita por la cual un nazi debe ser siempre despiadado, frío, inhumano, cruel y en general no poseer atributo positivo alguno, no vaya a ser que el lector crea que los nazis en realidad no eran tan malos. Por supuesto, se camina por una línea muy estrecha y peligrosa: al intentar crear personajes psicológicamente complejos y buscar las motivaciones que pudieron empujar a un país entero a cometer tales atrocidades, se puede terminar justificando o disculpando sus actos. Se trata de una corriente polémica que ha levantado muchas suspicacias y quejas, sobre todo entre la comunidad judía, que la ven como una forma de revisionismo ofensiva para la memoria de las víctimas.

Pero aparte de eso, la película (y, presumiblemente, el libro) plantea otro tema hasta cierto punto enlazado con esta revisión moral del nazismo: la lectura como parte fundamental en el desarrollo humano. Digo hasta cierto punto porque la película se divide en tres actos: el romance entre los protagonistas, el juicio de Hanna y su estancia en la cárcel. Y si bien los dos primeros están bien construidos alrededor de lo que quieren transmitir, el tercero fracasa estrepitosamente en enlazar los temas de ambos tramos en un conjunto significativo. En lugar de aportar una ligazón a los distintos mensajes y matizar los conflictos personales, la historia desvaría en una trama sin interés ni fuste alguno, que busca completar el arco de los personajes de forma torpe y rebuscada, cayendo en el maniqueísmo y rebasando la línea antes mencionada. ... ... ...

Lo que en realidad debería haber hecho la película es profundizar en el orgullo de Hanna, una mujer cuya mayor vergüenza en la vida no es paradójicamente la de haber mandado a la muerte a cientos de inocentes, sino su analfabetismo. Un orgullo entroncado con la naturaleza de la nación alemana en los años del ascenso del nacionalsocialismo. Si algo queda claro al revisar los discursos de Hitler es su apelación al orgullo de la patria, a sentir en las carnes que se forma parte de algo excepcional y elevado, superior a cualquier otra nación o etnia. De ahí derivó su perorata antisemita y criminal, pero en el fondo se trata de una cuestión de vanidad. Por eso la Hanna ignorante, que ni siquiera ha recibido una educación, se siente una ciudadana indigna. Por eso lucha con todas sus fuerzas para que nadie se entere de su secreto y mantiene ese estigma durante toda su vida. Porque también hay que entender que estamos hablando de educación, ese proceso por el cual no sólo adquirimos conocimientos, sino que nuestra mente se desarrolla para poder pensar por nosotros mismos, realizar juicios complejos y ser capaz de argumentar moral e intelectualmente. Toda esa falta de formación, cuyo instrumento fundamental es la lectura (digámoslo claro, el producto puramente humano más importante de la historia), es lo que hace de Hanna una persona simple que toma decisiones basadas en órdenes directas, impulsos carnales y emociones sencillas. Es una persona fácil de adoctrinar en tanto que no tiene la capacidad para cuestionar los preceptos morales que se le inculcan, ni siquiera para comprender todas sus implicaciones o para convertirlos en una forma de vida. Simplemente se deja llevar.

¿Fue eso lo que pasó con los alemanes? Con algunos sí, pero obviamente no con todos. La película falla al no dejar claro este matiz, pero qué se le va a hacer. También podría haber profundizado en estas cuestiones sociológicas, o haber enlazado de forma más sólida la ignorancia intelectual de Hanna con la ignorancia sentimental de Michael, igualmente dañina para su vida futura. No lo hace por culpa de ese mediocre tercer acto.
Lo que sí hace es dejar claro que esta ignorancia no implica falta de inquietud. Hanna se deleita oyendo a Michael leer libros como La Odisea o El Amante de Lady Chatterley. Su pasión por alcanzar ese desarrollo que una vida de miseria le ha robado está ahí. Podría decirse que en ella, un ser primario y sin aspiraciones, la educación se descubre como algo inherente al hombre. El ansia de conocimientos, la búsqueda de la evolución personal, la necesidad de aprender o de ejercitar la sensibilidad más abstracta, si todo eso forma parte de alguien como Hanna también forma parte de todos nosotros. Podemos encontrar cura para esta picazón en los libros, nuestros buenos amigos. Sólo gracias a ellos podemos evitar que esa historia se repita, y más en estos tiempos de propaganda omnipresente, porque ellos nos ayudan a desarrollar la cualidad más importante en un ser humano: pensar por sí mismo.

Por: Pepe Hernández

2 comentarios:

Rosario dijo...

Muy bueno Pepe :P ENHORABUENA!

Ana dijo...

A veces te mataba. Con razon todos los chinos del lugar quieren expoliarte esa cabecica, si es que la tienes llena de cosas!
Es que desde que proyectan tus cortos en pantalla grande te creces. Muy bueno.