Los libros de una casa vieja, de un rastro, o de una pequeña librería escondida del corazón de la urbe, tienen algo especial, son algo similar a los amores (quiero decir relaciones) de verano. Tienen algo único (¿mágico?) que los distingue del resto, y esto es una de tantas leyes no escritas que, al parecer, la gran mayoría aceptamos. Es la intrahistoria (palabra cautivadora donde las haya, niéguense o no) del objeto la que nos seduce irremediablemente, la que nos hace imaginar, elucubrar, en pos de la magia extraviada. Esa magia nos contagia si la tocamos, la saboreamos, la pensamos. Durante ese tiempo nos creemos partícipes de ese espíritu misterioso y emocionante otorgado al libro, que, a diferencia de otros, tiene alma, y lo mejor es que estamos convencidos de que aquel que lo lee la está palpando, descifrando en cierta medida su secreto. Acariciar el alma de un libro probablemente sea esencial si se pretende ser avanzado en neo-gafapastismo (si, seguro que ya existe), romanticismo esquizoide y cursilería, o quizá, simplemente, sea necesario para seguir adelante con un poco más de aliento. Creer es imprescindible. Chusé Izuel es el autor de uno de esos libros. Una noche, mientras rebuscaba por la estantería algún texto que pudiera solucionar el momento, rescatarme de mi mismo, mi hermano, que por aquel entonces trabajaba en la biblioteca cuasi-perdida de un pueblecito, llegó y me dijo que tenía algo para mí. Me mostró varios libros. Todos estaban inertes en la biblioteca, él los rescató de la angustia de la inanición, amparándose en que nadie repararía en ellos en los próximos siglos, y con la noble misión de saciar mi vicio como coartada ante su conciencia. Acogí su regalo con gusto y cierto entusiasmo, infectado de curiosidad pueril. Eché un vistazo, contrariado por la capa de polvo de aquellos textos hurtados por solidaridad fraternal: Antología poética de A. Machado; “El libro de los días y del cansancio” de Ginés Jiménez (poeta nacido en Bullas, Murcia); y “Todo sigue tranquilo” de Chusé Izuel. Machado resultaba demasiado universal, demasiado clásico (un lobo…), y no me apetecía saber nada de días y de cansancio, me sonó demasiado familiar. Así que descarté la poesía (la cual, ahora, recomiendo). Acto seguido, descubrí que Chusé Izuel nació en Zaragoza en 1968 y murió en Barcelona en 1992, fue colaborador en varios diarios regionales. Veinticuatro años… un tono triste me rozó los oídos, como una sombra fugaz. Seguí leyendo.
Sus relatos son fragmentos de vida, están salpicados de esperanza y miedo, un temor enmascarado, latente, empapados de una ansiosa y urgente pulsión, que no llega a aflorar del todo en ningún momento del relato (lástima). Izué intenta desmenuzar su realidad, o enmarañarla, quién sabe. Habla de sexo, de alcohol y cosas que fumar, de cariño y de soledad, y de más sexo, y otra vez de soledad. No tiene pelos en la lengua, es una juventud fotografiada a ráfagas de tinta y enfado trascendental. Son trocitos de verdad, su verdad.
Es un libro que está a años luz de ser imprescindible. Quizá no sea divertido, ni apasionante, ni intrigante, ni ingenioso, y puede que ni siquiera sea un buen libro (eso lo deben descubrir o decidir ustedes). Pero es un libro que tiene algo. Nunca lo recomendaré a un entendido en letras, ni lo ensalzaré ante oídos ajenos, pero cuando busque hacerme el interesante (incluso seducir), cuando quiera crear un clima íntimo, confidencial, cuando busque una conversación unidireccional, cuando quiera que los instantes duren un poco más, que lo agridulce del meollo (que diría un poeta muerto) sea más agridulce, hablaré de él, contaré la historia que le subyace, que nos une tímidamente. Y seguro que terminaré charlando un poco sobre Chusé, de la vida, del amor, del sexo y de la soledad, de mi vida. Y Chusé Izuel participará desde donde quiera que esté de nosotros, de ese momento, porque su libro tiene algo.
“Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aún, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada.” Por: Antonio Lucas












